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Los problemas que no se arreglan 13 junio, 2007

Posted by marconius in El problemático Oriente.
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Ni los talibanes están lejos de ser derrotados, ni la coalición parece presentar un frente unido, ni el país está apenas desarrollándose, ni (y esto es lo peor de todo) las condiciones de vida de su población están mejorando ostensiblemente. Ése es, en resumen, el desalentador balance de casi seis años de intervención y ocupación, seis años durante los cuales tan sólo se puede contar, como único logro claramente perceptible, el derrocamiento del régimen talibán y el establecimiento en su lugar de una república islámica, mero humo de paja si se tiene en cuenta el desgobierno en que vive el país, y si los objetivos antes citados siguen sin cumplirse.


(ver: Afganistán no va bien

Mujer afgana

Un país que no se desarrolla lo suficiente

Dejando a un lado el significativo cúmulo de errores militares que se han cometido, se cometen, y seguramente se seguirán cometiendo en Afganistán, destaca como uno de los más graves problemas el de la pobre tarea de estabilización y reconstrucción desarrollada tras la invasión estadounidense, tarea escasa por no decir nula en la mayor parte de las provincias en el país, cuya ausencia no hace sino perpetuar la situación de miseria reinante en una tierra esquilmada tras casi 30 años de guerras ininterrumpidas, una miseria que ha ido larvando un malestar y desconfianza comprensibles entre la mayoría de la población, y que no hace sino alimentar el cúmulo de conflictos que se agolpan en esta “recién liberada” nación.

Si bien es cierto que Kabul y alguna de las principales ciudades del país disfrutan de nuevos edificios modernos, nuevas infraestructuras y cierta seguridad, la mayor parte del país se encuentra prácticamente abandonada a su suerte. Los fondos de reconstrucción no llegan, al contrario que las promesas que luego no se cumplen, lo que crea una comprensible falta de confianza entre una población ya de por sí poco dada a confiar en cualquier ocupante extranjero, debido más que nada a su propia y traumática experiencia.

A la falta de un verdadero desarrollo económico se añade además a la falta de un desarrollo social parejo, que se observa en el hecho de que, a pesar de la caída del antiguo régimen fundamentalista, y del carácter algo más liberal del actual régimen de república islámica que rige el país, el fanatismo sigua todavía vigente en el plano social. 

Si bien parecía en un principio que habría cambios y progreso cuando, por ejemplo, las mujeres afganas comenzaban a quitarse el burka amparadas por la nueva situación legal, y a unirse en asociaciones en defensa de sus derechos, lo cierto es que la situación apenas ha cambiado en casi todo el país, sobre todo en las zonas rurales, como lo demuestran los recientes asesinatos de mujeres periodistas.

A las difíciles condiciones económicas se les une la precaria situación de los más de dos millones y medio de refugiados que han vuelto a Afganistán desde la caída del régimen talibán y que, a pesar de los ímprobos esfuerzos del ACNUR, malviven en su mayoría de las limitadas ayudas que reciben de los organismos internacionales y de la ONU.

Una consecuencia clara de esa falta de desarrollo económico y social está en el enorme incremento del cultivo y el contrabando de opio experimentado durante los últimos cinco años, un fenómeno cuyas consecuencias son, como poco, paradójicas, y que muestra como pocos la estrecha relación que llega a haber entre la miseria y cualquier conflicto bélico.

En Afganistán, quienes no optan por un bandidaje más que patente en amplias zonas del país a las que no suele llegar ningún tipo de autoridad (como ya se demostró con la muerte de siete periodistas al poco de finalizar la invasión de 2001), optan por traficar con opio, producto que muchos campesinos cultivan únicamente por la modesta ambición de sobrevivir y ganarse la vida, y del que Afganistán es hoy en día el primer productor mundial, batiendo récords año tras año desde la invasión estadounidense.

Y no se trata de una cuestión baladí: actualmente el opio afgano es el origen del 75% de la heroína del mundo, un lucrativo negocio que ha aumentado un 60% durante el 2006 según fuentes de la ONU, y cuyos fondos, según se ha podido comprobar, van a parar muy a menudo a manos de los talibanes, lo que les sirve para seguir financiando su lucha contra la coalición.

Cultivo de opio en Afganistán

No hay autoridad

La falta de una efectiva autoridad gubernamental, la que debería ser en gran medida la solución del actual desgobierno en que se encuentra sumido gran parte del país, es otra lacra evidente. El gobierno de Kabul es todavía demasiado débil, y su flamante presidente, Hamid Karzai, se ha visto sin embargo obligado desde el primer día a hacer complicados malabarismos entre su pretendida autoridad central, que debería ser el reflejo de un verdadero estado afgano, y el poder de los poderosos señores de la guerra que se repartieron el resto del país tras la victoria sobre los talibanes, como lo habían hecho tras la victoria sobre los rusos en 1989, un conjunto de autócratas que aplican su propia autoridad de facto sobre amplias zonas del país.

Así las cosas, su escasa autoridad se circunscribe en la práctica a la capital (a Karzai se le llama jocosamente “alcalde de Kabul”) y a ciertas áreas controladas por las fuerzas internacionales, una falta de control y de medios que favorece en exceso el retorno de los talibanes, especialmente en las zonas en las que éstos obtienen cierto apoyo popular (sobre todo las de etnia pastún, a ambos lados de la frontera con Pakistán) o que se encuentran al alcance de sus cada vez más frecuentes  y osadas ofensivas (hoy en día prácticamente cualquier zona del país, excepto quizás la capital y las áreas más septentrionales), zonas éstas que no pueden ser retenidas por mucho tiempo por las tropas de la ISAF, y que vuelven irremediablemente a ser retomadas una y otra vez por los talibanes al cabo de muy poco tiempo.

Otro factor que no sirve precisamente para asentar un gobierno per se no demasiado sólido como el afgano es el de la escasa legitimidad de un régimen prácticamente impuesto por los norteamericanos, quienes literalmente colocaron a un gobernante a su medida al frente del país, al que han estado apoyando sin disimulo desde entonces. Karzai, a pesar de haber pretendido reiteradamente desmarcarse de sus protectores occidentales y perfilar una política propia (intentos que no han descartado incluso fuertes críticas a algunas de las actuaciones de las fuerzas de la coalición) sigue siendo visto por gran parte de la población como el títere impuesto por los estadounidenses, un argumento del que se vienen valiendo los talibanes y sus simpatizantes.

Para restar aún más legitimidad a este régimen estuvieron las elecciones de 2004, anunciadas a bombo y platillo como las primeras elecciones democráticas en la historia de Afganistán, y que se celebraron salpicadas por rumores de fraude. En estas elecciones, celebradas el 9 de octubre de 2004, el actual presidente Karzai salió elegido para el cargo tal y como se esperaba, con un 55.4% del voto. 

Impopulares fuerzas de ocupación

Mayor desconfianza y rencor  proviene de la creciente impopularidad que arrastran entre la población muchos de los contingentes militares desplegados en Afganistán, especialmente las tropas norteamericanas, a las que cada vez más civiles afganos ven como meras tropas de ocupación.

Incidentes tan graves como la reciente muerte de 21 civiles al sur del país el pasado 9 de mayo, tras un bombardeo fallido de las tropas de la coalición liderada por los EEUU (independiente del mando de la OTAN, bajo el que opera la mayor parte de los contingentes internacionales desplegados en Afganistán) forman ya una larga lista de “daños colaterales” y errores que manchan la reputación de las fuerzas internacionales en su conjunto.

La insuficiencia de tropas con las que controlar el terreno, así como los continuos enfrentamientos a los que se ven empeñadas por unos talibanes cada vez más activos (sobre todo desde el año pasado), obligan a los contingentes militares de la OTAN a recurrir cada vez con mayor profusión al apoyo aéreo, lo que se traduce en un aumento de muertes de civiles, víctimas de las bombas que, de cuando en cuando, yerran su objetivo.

A estas muertes accidentales se unen además puntuales episodios mucho más graves aunque todavía infrecuentes (pero existentes) de soldados que provocan la muerte de civiles inocentes al responder desproporcionadamente a un ataque o incluso al actuar directamente en represalia, y que recuerdan demasiado a los numerosos escándalos por el estilo acontecidos en Irak. Ejemplo reciente de este tipo de incidentes es la muerte, a principios de marzo de este año, de 16 civiles afganos a las afueras de la ciudad norteña de Jalalabad, a manos de tropas estadounidenses que acababan de sufrir una emboscada, un incidente que provocó una avalancha de disculpas forzadas por parte de los mandos militares norteamericanos, y la indignación del resto de los aliados.

Tropas estadounidenses en Afganistán

Aliados desunidos

Las pésimas consecuencias que siempre supone la muerte injustificada de civiles no sólo pesan en el prestigio de las tropas de la OTAN de cara a la población afgana, sino también en su propia cohesión interna.

En los últimos meses no sólo se han hecho patentes las diferencias existentes entre los distintos países miembros de la misión de la OTAN con respecto a las repetidas peticiones hechas por Washington respecto a un aumento del número de tropas y de su disponibilidad para conducir misiones de combate (a lo que se muestran muy reticentes países como Alemania, Francia, Italia y España), sino también en cuanto a la propia forma de llevar la guerra.

Los repetidos incidentes que provocan la muerte de civiles afganos por culpa de las operaciones militares desarrolladas unilateralmente por el Pentágono (por las tropas que sigue manteniendo bajo su propio mando como parte de la operación “Libertad Duradera”, desvinculadas de las ISAF y de la OTAN), y que a pesar de conducirse por iniciativa propia norteamericana acaban sin embargo por tener consecuencias sobre el conjunto de todas las tropas internacionales (pues los civiles no suelen distinguir entre unos y otros), han hecho protestar formalmente a muchos países miembros de la misión de paz, como España, Canadá, Gran Bretaña o Alemania, unas protestas que se han unido a las del propio presidente de Afganistán, Hamid Karzai.

Alemania, por ejemplo, ha expresado repetidamente su indignación ante unas acciones que echan por tierra sus esfuerzos por ganarse a la población afgana. España por su parte calificó recientemente a este tipo de acciones de “intolerable”, no sólo por la muerte de civiles, sino también por el peligro de provocar hostilidad hacia las tropas de la OTAN, a las que España aporta actualmente 690 hombres, que se mantienen desplegados en la pacífica provincia de Herat, al este del país.

 

En suma, un futuro nada halagüeño el de Afganistán. Dadas la escalada bélica por un lado, y la falta de soluciones a los problemas fundamentales que lastran el país por otro, a nadie debería sorprenderle el que este conflicto se alargue durante muchos años más, sobre todo si se siguen haciendo (o no haciendo) las cosas tan mal como hasta ahora.


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