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Afganistán no va bien 10 junio, 2007

Posted by marconius in El problemático Oriente.
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Afganistán no es ni de lejos el desastre en que se ha convertido Irak, pero compararlo con el peor de los ejemplos existentes constituye un razonamiento falaz que no hace sino relativizar e infravalorar la situación real del país centroasiático: la de un fracaso en todos los frentes importantes que se va perfilando como tal con creciente nitidez a cada año que pasa.


 Tropas estadounidenses en Afganistán

El hecho de que las fuerzas de la coalición internacional se encuentren durante estos días, casi seis años después de aterrizar en Afganistán, inmersas en su propia ofensiva para conjurar la que, desde el año pasado,  se había previsto como la mayor ofensiva talibán desde el comienzo del conflicto, (y que parece que al final no se ha producido) refleja mejor que nada el fracaso militar de la intervención internacional liderada por los EEUU.

El enemigo no fue completamente derrotado

El comienzo de todos los errores habidos en este campo radica sin duda en la patente incapacidad militar norteamericana (y en menor medida británica) de derrotar y desarticular en su momento y para siempre a las fuerzas talibanes y descabezar, cuando no aniquilar, a los operativos de Al Queda, plasmado por ejemplo en el hecho significativo y cuanto menos sorprendente de que Ben Laden siga aún hoy vivo y en libertad.

No se ha conseguido nada de esto a pesar de la intensísima campaña de bombardeos masivos sobre Afganistán con que se inició el 7 de octubre de 2001 la Operación Libertad Duradera, la que fuera la primera respuesta de la administración Bush a los atentados del 11-S, y que culminó a las pocas semanas con la invasión terrestre del país por parte de los milicianos de la Alianza del Norte, tradicionales enemigos irreductibles de los talibanes, que no eran otros que los antiguos señores de la guerra que comandaron a los muyahidines en la guerra contra Rusia, y que se habían repartido Afganistán tras finalizar el conflicto dando lugar a la posterior guerra civil que ayudó a los talibanes a hacerse con el poder.

El ejército de los talib, mayormente obsoleto y algo escaso de hombres, y que dos días antes de los atentados del 11-S festejaba la muerte del mítico y tenaz líder de la Alianza del Norte, el mítico general Massud, a manos de dos terroristas de Al Queda, se encontró menos de tres meses después derrotado y casi aniquilado por la acción conjunta de la lluvia de bombas estadounidense y las tropas de su eterno rival, comandadas por un nuevo general llamado Fahim, y secundadas por un nuevo frente abierto en el noroeste por el general uzbeko Rashid Dostum como parte de una iniciativa norteamericana para ayudar a Fahim.

De aquella desequilibrada guerra de apenas dos meses no sólo se resintió el ejército talibán: entre los miles de prisioneros hechos por las tropas coaligadas se contaron cientos de árabes, presumiblemente entrenados por la red de Ben Laden, a quien el antiguo gobierno del Mulá Omar (quien sigue también a día de hoy vivo y en libertad) había acogido como buen anfitrión desde hacía varios años.

Muchos de estos prisioneros fueron llevados a Guantánamo, en donde la mayoría sigue secuestrado todavía, otros desaparecieron, y muchos otros murieron, como los seiscientos prisioneros árabes (además de chechenos, pakistaníes y uzbekos) que se rindieron como parte del ejército talibán y que se sublevaron en el fuerte-prisión de Qala-i Jangi, se aprovisionaron con un polvorín olvidado que había en sus sótanos, y mantuvieron en vilo durante un asedio de seis días a centenares de tropas uzbekas y a los dispositivos de las fuerzas especiales norteamericanas y británicas que acudieron a sofocar la revuelta, antes de morir casi todos. La presencia de la ONU y de los periodistas occidentales fue la causa última de que se contasen unas pocas decenas de supervivientes.

Y, sin embargo, a pesar del duro golpe sufrido por la red de Ben Laden y su segundo, Ayman al-Zawahiri, a pesar de la debacle sufrida por sus anfitriones, los barbudos “estudiantes del Corán”, y a pesar del subsiguiente despliegue de decenas de miles de soldados del Ejército estadounidense, que se concentrarían en lo sucesivo en la permeable frontera con Pakistán para perseguir a los restos de su enemigo, y que no se han movido de allí desde entonces, los supervivientes del entramado terrorista y sus aliados talibanes pudieron retirarse, reagruparse en las montañas y comenzar a reorganizarse sin que sus esfuerzos por recuperar la iniciativa hayan sido seriamente obstaculizados.

Milicianos de la Alianza del Norte observan los bombardeos estadounidenses (Fuente: el mundo)

Resurgimiento talibán

A esta incapacidad inicial se le añade, desde luego, una ineficacia posterior. Con el transcurso de los años las fuerzas militares aliadas no han obtenido mejor fortuna a pesar de contar con unos contingentes que no han hecho otra cosa que aumentar.

Primero estuvieron compuestos casi íntegramente por soldados estadounidenses, como parte de las fuerzas de ocupación desplegadas tras la victoria sobre los talibán, unas fuerzas todavía operativas que suman más de 10.000 hombres y que continúan desvinculadas de todo mando que no sea el del Pentágono y ocupadas expresamente en misiones de combate para perseguir a los restos de Al Qaeda y los talibán.

Luego, los efectivos aumentaron y tomaron un cariz más internacional con la creación de la ISAF (la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán) en diciembre de 2001, un proceso que se acentuó tras la progresiva toma de control de la ISAF por parte de la OTAN a partir de agosto de 2003 (la que sería su primera misión de paz fuera de Europa), que aportó al contingente aún más hombres y medios, sobre todo por parte de Canadá, Gran Bretaña y Alemania.

Pero, a pesar del apoyo que suponen las tropas de la OTAN desplegadas por el resto del país, que suman ya unos 40.000 hombres, y cuyas naciones de origen han cedido repetidamente (en su mayoría) a las presiones de EEUU para flexibilizar las restricciones que impiden que sus soldados sean utilizados en operaciones de combate; y a pesar de las decenas de miles de soldados que el Pentágono tiene desplegados directamente bajo su mando en la frontera con Pakistán; a pesar de todo pues, los talibán han acabado por resurgir de sus cenizas.

Y aquí vuelve a llamar la atención la negligencia demostrada por los EEUU, pues la Casa Blanca, en lugar de aumentar significativamente los efectivos destinados a conseguir detener a quien declaró en su día como su “enemigo número uno” y a sus colaboradores, ha desviado repetidamente los recursos necesarios hacia Irak, una actitud que le ha ocasionado no pocas críticas durante los últimos años.

De cualquier modo, y especialmente a partir del año pasado, se ha asistido a un claro y alarmante resurgir de los talibanes. En 2006, los renacidos talibs sorprendieron a las fuerzas de la ISAF, empeñando a sus tropas en una serie de duras contraofensivas durante la primavera, el verano y el otoño, en las que se las tropas de la coalición se vieron obligadas a luchar duro para recuperar amplias extensiones del oeste y el sur del país que caían alternativamente en manos de los rebeldes, sobre todo en las provincias sureñas de Kandahar y Helmand. Sólo durante ese año murieron en los combates 4.000 afganos entre civiles, policías, soldados y milicianos talibanes, así como 191 soldados de la ISAF, la mitad de los cuales eran norteamericanos.

Soldados británicos en Helmand (Fuente: www.dw-world.de)

Un enemigo más tenaz

Este año las perspectivas se vislumbran aún más alarmantes: Los talibanes, según todos los indicios, habrían aprendido de los errores que les costaron cientos de muertos en sus ofensivas de 2006, entre ellos sus fracasados intentos de acometer frontalmente a las tropas de ocupación (que siempre se saldaban con numerosas bajas y nulos resultados, como en la sangrienta “Operación Medusa” librada a finales del verano de 2006 al sur del país, en la que perdieron más de 500 hombres) para prestarse a una lucha de guerrillas y de golpes de mano.

Como ya hicieran el año pasado, los hombres del Mulá Omar se valen ahora de ofensivas limitadas, surgiendo de improviso en pequeños grupos de combate, no sólo en los parajes fronterizos con Pakistán, su habitual área de acción, sino en zonas del país hasta entonces consideradas seguras, como por ejemplo la relativamente pacífica provincia de Herat, en donde está desplegado el contingente español.

Estas avanzadillas, que en ocasiones se internan cientos de kilómetros en territorio enemigo, valiéndose incluso de viejas motocicletas rusas, toman aldeas y pueblos e imponen su control por la fuerza, sirviéndose de las simpatías o del temor que inspiran entre sus habitantes, y amenazando o ejecutando a quienes consideran colaboracionistas. Una vez cae sobre ellos el inevitable contraataque de las tropas de la ISAF, los milicianos se retiran tras librar unos pocos combates, para volver a ocultarse y resurgir en otra parte.

La facilidad con la que los milicianos lanzan sus ofensivas, que llegan a veces a escasos kilómetros de la capital, se explica sobre todo por la situación de inseguridad en que vive Afganistán, sin una verdadera autoridad estatal ni una policía o un ejército eficientes, ausentes además en la mayor parte del país.

Y unido a esto cuenta la patente incapacidad de las fuerzas de la ISAF que, aunque siguen venciendo todas las batallas en las que se ven inmersas dada su superioridad tecnológica, no disponen de suficientes tropas sobre el terreno, por lo que se ven obligadas a reconquistar constantemente lo perdido para a abandonarlo una vez han de acudir a otro nuevo frente, lo que tiene como consecuencia el regreso a no mucho tardar de los talibanes, clara señal de que las tropas de la coalición hace ya bastante tiempo que han perdido la iniciativa frente a sus enemigos y de que no disfrutan de un efectivo control del país.

Como parte de estas nuevas estrategias se observa también el creciente (aunque todavía limitado) uso de un nuevo y más sofisticado armamento, incluidas nuevas armas antiaéreas como las utilizadas para perpetrar el derribo de un helicóptero de la OTAN en la problemática provincia de Helmand, que costó la vida de siete soldados a finales del pasado mes de mayo. Este armamento, según fuentes de la Coalición, les estaría llegando a los talibanes principalmente desde Irán, una brusca afirmación que, según se ha matizado después, no tendría porqué implicar que Irán estuviese apoyando a la insurgencia, pues podría tratarse de mero contrabando.

Por otro lado, diversos expertos coinciden en subrayar lo que se ha venido en llamar la reciente “iraquización” de Afganistán: un proceso por el que los talibanes han adoptado paulatinamente tácticas y métodos de lucha para ellos todavía novedosos pero habituales en otros escenarios como Irak, como son las emboscadas y los ataques a los convoyes enemigos de la coalición usando ingenios explosivos como los habitualmente utilizados en Mesopotamia contra las tropas de ocupación (conocidos como IED, “improvised explosive devices”).

Y no sólo eso. Quizás por una creciente proximidad ideológica a Al Qaeda sustentada en un ya de por sí fundamentalismo original común y en unos orígenes paralelos a los de la red terrorista, o quizás producto de su progresiva radicalización y de su coyuntural alianza contra occidente con los yihadistas, los talibanes han comenzado a hacer un reciente y profuso uso de un arma hasta ahora insólita en Afganistán y característica del entorno de Ben Laden: el ataque suicida. Una táctica ésta a la que se está recurriendo cada vez más a menudo (también contra civiles) en un país que no había asistido a acciones semejantes ni tan siquiera en la lucha contra los rusos. El comandante talibán Mulá Dadulá Lang, recientemente abatido por la OTAN en Helmand, era considerado de hecho como el principal impulsor de este tipo de tácticas.

 

De momento, las tropas de la ISAF siguen adelante con su respuesta a la tan anunciada ofensiva de primavera de los talibanes, una serie de enérgicos y rápidos contraataques contra todo indicio de actividad talibán, de entre los cuales el más claro exponente es la “Operación Aquiles“, que se desarrolla desde marzo en la provincia sureña de Helmand, una de las más afectadas por los combates del año pasado. El conjunto de enfrentamientos registrados durante este año  ya se ha cobrado la vida de 1.700 personas, la de cientos de talibanes, y la de 82 soldados del contingente internacional (la mitad estadounidenses). Y todo parece indicar que la tendencia continuará hasta superar la macabra marca del pasado año.

 

La “iraquización” de Afganistán:


Comentarios»

1. Los problemas que no se arreglan en Afganistán « Recodo Inquieto - 13 junio, 2007

[…] (ver: Afganistán no va bien)  […]


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